Eso que llaman amor…

ESO QUE LLAMAN AMOR…

Como una segunda o tercera jornada laboral, las tareas domésticas no remuneradas son mayormente realizadas por mujeres. ¿Cómo afecta esto a nuestras economías? ¿Y cómo pueden contribuir los estudios económicos con perspectiva de género?

¿Cómo afecta a la economía de las mujeres el desigual reparto en las tareas del hogar? Mural de Ailen Possamay. Foto: Filo.News

Por: Dana Goin

Me atrevo a decir que colectivamente, especialmente en estos últimos años, hemos aprendido a visualizar actitudes, conductas y hechos machistas. El patriarcado es cada vez más tangible y ya hay cosas que son difíciles de ignorar. Sin embargo, la economía es uno de los aspectos que más cuesta incorporar a los debates (quizás por el eterno reinado masculino en la materia, quién sabe). En ese área, ya aprendimos que no se embarazan por un plan como tanto anunciaban algunxs (porque casi el 80% de las que cobran la AUH tienen unx o dos hijxs no más). También entendimos que gran parte de aquella población considerada “ni-ni” (ni estudian ni trabajan), no son vagxs, sino que un 95% son mujeres jóvenes que se quedan en el hogar al cuidado de sus hijxs. Entonces, ¿qué está faltando?

Estamos completamente atravesadxs por un factor económico que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas: principalmente, nuestro día a día; pero también, nuestras preocupaciones, aspiraciones, y posibilidades. No se puede pensar un mundo más equitativo sin partir de la base de que no todxs tenemos las mismas condiciones de partida. Particularmente, las mujeres somos las que menos ganamos, las que más trabajamos informalmente, las que nos encargamos del cuidado de otrxs, las que más estamos desempleadas, las que menos accedemos a trabajos jerárquicos. El origen de todo esto puede ubicarse en la división sexual del trabajo.

El desigualdad reparto de las tareas de cuidado limita las posibilidades de las mujeres. Ilustración: Lina Castellanos. Fuente: Economía Femini(s)ta

Es trabajo no pago

Uno de los aspectos que todavía, viendo los números, nos diferencia entre géneros, es la cantidad de horas dedicadas a las tareas domésticas. Según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo (EAHU-INDEC, 2013), las mujeres realizan el 76% de las tareas domésticas no remuneradas, y le dedican en promedio 6,4 horas semanales. Mientras tanto, los hombres emplean casi la mitad de ese monto: 3,4 horas por semana. Es válido preguntarse qué podríamos estar haciendo en esas horas “de más” que destinamos en tareas domésticas (horas que ellos no dedican). Según Natsumi Shokida, economista especializada en género, la distribución asimétrica del trabajo doméstico se traduce como pobreza de tiempo. Al respecto, argumenta: “Quienes tienen que lidiar con una o dos jornadas de trabajo, además se encuentran en sus casas una segunda o tercera jornada laboral realizando todas esas tareas domésticas; a veces solas o a veces con otros miembros de la familia”.

Además del consumo de horas, no podemos ignorar el lugar que ocupa esta distribución desigual del tiempo en la psiquis de las mujeres. Es espacio mental que no se destina a otra cosa (y eso explicaría por qué las mujeres afirman que la actividad menos realizada durante la cuarentena es “descansar”). Todo esto tiene un impacto real en los salarios y en las posibilidades de crecimiento profesional y de desarrollo personal. “Las pautas que hacen que las mujeres encuentren más dificultades a la hora de incorporarse al mercado de trabajo o de trabajar una jornada completa, tiene repercusiones en los ingresos que pueden obtener, y a la vez al consumo de los bienes y servicios”, señala Natsumi. 

Podemos suponer que esta realidad no sería tan cruda si se percibiera un salario por el trabajo doméstico. Al respecto, un estudio de Oxfam indica: “Ese tiempo supone una contribución a la economía mundial de al menos 10,8 billones de dólares anuales, una cifra que triplica el tamaño de la industria mundial de la tecnología”. En otras palabras: alguien se está ahorrando eso que no nos están pagando por limpiar, barrer, cocinar y cuidar. La importancia de este estudio reside en que, si bien es una estimación, ayuda a dimensionar el peso que tienen estas tareas. Para Natsumi, es difícil de calcular porque no es fácil ponerle un precio: “Es un trabajo que no está produciendo valor en términos capitalistas, en el sentido de una mercancía para ser vendida, sino que lo hacemos para sostener nuestra propia vida y que toda la familia pueda realizar sus actividades sociales”.

Las mujeres encuentran en sus casas una segunda o tercera jornada laboral por las tareas domésticas. Fuente: Economía Femini(s)ta

En Argentina, en 2005 por primera vez las “amas de casa” tuvieron derecho a jubilarse sin requisito mínimo de aportes. Por muchos años, no tenían garantizada la jubilación porque se consideraba que no habían trabajado en toda su vida. Hoy podemos pensar que sí trabajaron, solo que no percibieron un salario por hacerlo. Por otro lado, en nuestro país es común entre clases medias y altas tener una empleada que realiza tareas hogareñas y de cuidado de niñxs, enfermxs y ancianxs. Este rubro en un 95% está cubierto por mujeres que, a la vez, registra un 75% de informalidad (y da para ampliarlo en una nota aparte). Cabe preguntarse por qué siempre son mujeres las que se encargan de las tareas del hogar cuando otra mujer sale a trabajar. Asalariadas o no: si no contratamos empleada, las criaturas quedan a cargo de la abuela, vecina, amiga, tía, madrina.

Por eso es importante tener perspectiva de género cuando se piensa en la economía. “Lo personal es político y también económico”, afirma la economista. Su especialidad puede aportar al estudio de las lógicas que trabajan por detrás de las experiencias individuales, y vislumbrar aquello que es colectivo. En ese sentido, construir un mundo más equitativo tendría que comenzar por compensar las horas fregando, barriendo, armando mochilas, curando raspones, calentando mamaderas, custodiando tareas escolares, llenando las heladeras, firmando las notitas, sacando turnos para el pediatra y revolviendo los guisos. “Hay que seguir hablando de estos temas, haciendo foco en ir politizando estas discusiones, mirando la base económica de estas problemática y seguir exigiendo leyes, como también trazar horizontes que sean críticos del sistema capitalista en general”, concluye.

Es un tema que da mucho para hablar y no pretendemos abarcarlo todo en una única entrega. Este, por ahora, es un primer pantallazo. Seguiremos ampliando porque sabemos que hay mucha tela para cortar (y seguro que la está cortando una mujer).

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